4 nov. 2010

El perdón frente a la impunidad y el olvido


Por Miguel Angel Pichardo Reyes

El perdón, desde una perspectiva ético-cívica tiene las siguientes características (Bilbaro: 1999, p. 48):

a)    Tiene una potencialidad universalizadora. Todo sujeto es susceptible de ser perdonado, pues participa de la misma condición y dignidad humanas que el resto, y la recepción del perdón posibilita para una vida más plena y adecuada.
b)   El perdón no puede imponerse, a nadie se le puede obligar a personar.
c)    El perdón no va contra la justicia, sino más allá de ella (pasando por ella).

El perdón también cumple una función preventiva en tanto se conciba como una forma de cultura (Bilbao: 1999, p. 50):

a)    Asegura relaciones de justicia y reconocimiento que hagan innecesario su uso.
b)   Practicar el perdón para no acumular agravios ni desarrollar venganzas.
c)    Busca disponer de un sistema penal humanizado: la pena ha de ser sobre todo oportunidad de reintegración social.

Desde una perspectiva ético-política, el perdón tiene como virtud “la de volverse sobre el pasado para revivirlo de otra manera y hacerlo así nuevo, haciendo nuevo el presente y proyectándolo hacia el futuro en paz” (Etxeberria: 1999, p. 94-95). Etxeberria cita a Ricoer: “Pero el sentido de lo que nos ha sucedido, lo hayamos hecho o lo hayamos sufrido, no está fijado de una vez por todas [...]. Lo que puede ser cambiado del pasado es su carga moral, su peso de deuda por el que pesa a la vez sobre el proyecto y sobre el presente. Es así  como el trabajo del recuerdo nos pone en la vía del perdón en la medida en que éste abre la perspectiva de una liberación de la deuda, por conversión del sentido mismo del pasado” (citado por Etxeberria: 1999, p. 95).

La ética-política del perdón asociada a la justicia anamnética, se encuentra en consonancia con la perspectiva psicosocial de la elaboración del trauma, en tanto que la memoria traumática debe ser sanada, y esta sanación no se da sin un proceso de elaboración, reelaboración y perelaboración, sobre su vaciamiento de sentido y resignificación, sobre un proceso de duelo y la construcción de otra narrativa, otra forma de recordar lo traumático, rompiendo con la deuda obsesiva y el resentimiento. El proceso de elaboración del trauma posibilita la constitución de un nuevo proyecto sobre la base de una nueva sensibilidad, sobre la fortaleza de un momento adverso. La crisis traumática como amenaza, pero también como oportunidad.

En el caso de los sistemas organizados por traumas heredados generacionalmente, donde la violencia se introyecta como patrones de comportamiento y cultura, la elaboración psicosocial supone una reculturización, esto es, la deconstrucción de las formas y mecanismos en que opera y reedita culturalmente la escena traumática y la re-construcción de la cultura a partir de esa elaboración, no solo re-organizando el sistema (un nivel superior de reedición), sino transformando el propio sistema, pro-yectando un sistema-otro.

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