29 oct. 2010

Cristianos contra la tortura y la pena de muerte



La filtración, por parte de la ONG Wikileaks, de casi 400.000 documentos sobre la guerra en Irak ha puesto de nuevo de manifiesto las terribles consecuencias de la guerra, sean cuales sean sus objetivos y motivaciones. La guerra de Irak, orquestada por el presidente Bush de los EEUU, y secundada por Blair del Reino Unido y Aznar de España, a la que luego se añadieron otros países, empezó el 20 de marzo de 2003  y  se basó desde el principio en mentiras y falsas razones que encubrían objetivos inconfesables: el comercio de las armas y el control de la producción de petróleo. Fue una guerra cruelísima que empezó con el lanzamiento de los llamados “misiles inteligentes” que no lo fueron tanto como para evitar las muertes de miles de civiles. El primero de mayo del mismo año,  Bush pronunciaba su famosa frase “misión cumplida” que pretendía poner fin a la guerra. Pero no fue así. Empezaba una nefasta postguerra que, de alguna manera, todavía perdura.




Lo papeles filtrados por Wikileaks se refieren al período que va des de 1 de enero de 2004 hasta el 31 de diciembre de 2009 y en ellos descubrimos que la cifra de fallecidos durante este período fueron 109.032, de las que un 60 % eran civiles, es decir, 66.081, 23.984 insurgentes, 15.196 miembros de las fuerzas gubernamentales iraquíes y 3.771 miembros de las fuerzas de la coalición. Toda una carnicería en la que la peor parte se la han llevado los civiles: 36 civiles muertos al día durante cinco años. Para las fuerzas invasoras de los EEUU esto son sólo daños colaterales, como si esto lo explicara todo.


Pero los documentos filtrados dan mucha más información sobre las actividades de los soldados americanos y, especialmente, sobre la represión iraquí. Según el análisis de los documentos que ha difundido la página fundada por Julian Assange, las autoridades estadounidenses dejaron sin investigar cientos de informes que denunciaban abusos, torturas, violaciones e incluso asesinatos perpetrados sistemáticamente por la Policía y el Ejército iraquí, aliados de las fuerzas internacionales que invadieron el país. También las mismas fuerzas estadounidenses quedaron afectadas por su pasividad ante las torturas de los iraquíes y con las fotos de torturas en la cárcel de Abu Ghraib.


Los cristianos no somos ajenos a esta barbarie. Desde el presidente Bush, destacado “evangelical” que inició el proceso e incluyó Irak en el “eje del mal”, hasta la mayoría de los que le apoyaron, pertenecen a la cultura “cristiana”. Fue, pues,  el occidente “cristiano” que protagonizó  esta guerra y, estemos en contra  o a favor de la invasión de Irak, todos estamos de alguna forma implicados en los crímenes que se cometieron. Como pudimos comprobar en nuestros años de guerra civil,  la violencia extrema, la tortura y la muerte acompañan los ejércitos y las guerras. No lo podemos evitar. Violencia engendra violencia y se convierte en un torbellino que lo arrastra todo.


Sin embargo, muy a menudo  no somos conscientes de nuestras responsabilidades y nos apoyamos en aquello de que “lo hicieron los otros” y “nosotros no podíamos hacer nada”, por mucho que nos dolieran los hechos violentos de los que día a día éramos testigos, aunque lejanos. Y esto es cierto, pero deberíamos desde siempre estar al acecho para luchar contra las fuerzas malignas que se apoderan de los hombres y mujeres de nuestro mundo especialmente en tiempos de confrontaciones bélicas. Sin embargo parece que no forma parte de nuestras prioridades. Los “evangelicales” conservadores se han dado a menudo a conocer por su apoyo a manifestaciones multitudinarias en contra de la ley del aborto o el matrimonio de los homosexuales, pero sus voces –si han existido- han sido muy débiles en asuntos tales como la pena de muerte, la guerra y la tortura. Parece que son cosas que pertenecen al “mundo” y no afectan directamente a la vida cristiana. Los protestantes progresistas o liberales tampoco han jugado un papel importante en estos asuntos político-sociales. Ha habido, quizás, declaraciones, pero no un compromiso real. Más allá, entre los católicos, estas cuestiones son trasversales y encontramos todos los matices.


Es importante que seamos conscientes de que hay un trabajo previo a realizar y una consciencia colectiva a construir que se oponga con firmeza a la pena de muestre, la violencia y la tortura. Y esto no lo hemos conseguido. Nuestro testimonio del evangelio incluye la proclamación del amor y la reconciliación, pero hemos sido tibios a la hora de condenar con energía todo aquello que contradice este mensaje central del evangelio. Quizás sea cierto que nuestras posibilidades de incidencia en este campo son escasas, pero lo que no se puede hacer es abandonar y desistir de llevar a cabo nuestra vocación evangélica.


De alguna manera los cristianos estamos obligados a  comprometernos en esta lucha contra la violencia. ¿Lo hacemos? Conocemos Amnistía Internacional que lleva a cabo una meritoria labor en este campo, pero seguramente muchos no conocen otra organización que existe desde 1974 y que tiene un marcado carácter cristiano ecuménico en la que participan protestantes, católicos y ortodoxos.  Se trata de ACAT (Acción de los Cristianos por la Abolición de la Tortura) que fue fundada en Francia y, poco a poco, se ha extendido por todo el mundo. La sede española de esta organización está en Barcelona (c/ Angli 55 – 08017-Barcelona) y los que quieran conocerla pueden hacerlo en la siguiente dirección electrónica: acat.pangea.org/indexe.html. El lema que figura en su página web es “por un mundo mejor, basta tortura”, algo que debería  unirnos  a todos.


Dar nuestro apoyo a estas organizaciones y difundir su ideario es una forma de luchar contra la violencia que nos acecha. Significará una protesta que denuncia la continua transgresión de los derechos humanos en tantas partes de nuestro mundo y, para los torturados, será el medio de salir del anonimato y encontrar una voz amiga que les dé apoyo en un mundo que trata de silenciarlos. No lo podemos hacer todo, nosotros los cristianos, pero seguramente podemos hacer más de lo que pensamos. Si sólo ponemos nuestro empeño en estar cerca de los “hermanos pequeños de Jesús”. (Mt 25,40).


Por Enric Capó


Enric Capó, pastor de la Església Evangèlica de Catalunya (IEE)  y Director de la revista CRISTIANISMO PROTESTANTE. Por muchos años fue Presidente de la Comisión Permanente de la Iglesia Evangélica Española

1 comentario:

  1. Estoy de acuerdo en todo cuanto se ha expuesto anteriormente. En un mundo en el que todos luchemos en igualdad de condiciones, me parece justo, pero ¿i los inocentes que son victimas del terrorismo, estos no tienen dignidad ?, i sus derechos universales, ¿no están siendo vulnerados?,o ¿es un daño colateral?.
    Desde mi punto de vista como cristia-
    na, podria entender que para salvar
    muchos inocentes se perdiera un culpable.

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